Segundo piso por escalera

Me mudé a este departamento hace casi 5 años. Me conquistaron su  luz  y su sencillez. Es un departamento típico de Buenos Aires: dos pisos por escalera, ambiente y medio. Chiquito,  pero de corazón grande…

Lo fotografiaba de todos los ángulos posibles y a toda hora. Era el nacimiento de un amor puro.

Pero como en todas las relaciones en las que nos embarcamos en esta vida, había una sola cosa que me hacía enfurecer . Una sola cosa, encarar la escalera y sus dos pisos con mis   flashes y equipos fotográficos después de la más agotadora jornada laboral (para al día siguiente volver a bajarlos).

Problema sin solución si los hay. Problema mío y de mi cintura.

Un  sábado  cualquiera,  estoy trabajando en la computadora cuando mi vecina del “C” toca a mi puerta.  Me cuenta que la planta baja está en venta y que hay un posible comprador (“un arquitecto”, me explica), a quien le interesaría habilitarlo como APTO PROFESIONAL. Para eso, sigue relatando mi vecina, necesita el consenso de los demás propietarios, y por ende, nos ofrece  como negocio la posibilidad de instalarnos un ascensor…

Esto no puede estar pasando, pensaba yo.  ¿A cuántas personas en este mundo  se les aparece la vecina de abajo ofreciéndole la solución  a todos sus problemas? ¿¡ Nada más y nada menos que un ascensor!?

Hasta el día en que conocí al arquitecto.

“El ascensor no sería legal, claro…”, decía impunemente, mientras exhibía contactos en el municipio que –supuestamente- nos asegurarían la habilitación.

“El motor estaría en la terraza”, continuaba sin pudor  (“justo arriba de mi cama”, pensaba yo)

“Tendríamos una obra de unos 5 meses aproximadamente hasta tener el ascensor funcionando”, afirmaba como si nada.

El sueño se hizo polvo.

La reunión fue la más grande  de las  desilusiones  (y que conste  no estoy mencionando el detalle de que -como no había espacio físico en los lugares comunes del edificio- la maquinaria en cuestión tenía que pasar por mi cocina reduciendo 1,5 mts cuadrados mi propiedad.  Mi propiedad que tiene 35 metros).

Ante mi clara negativa al asunto y mi clarisima confirmación que el ascensor era inviable, el arquitecto insistió. Me ofreció entonces modernizar la terraza y la entrada, agregando dicroicas a lo loco  y un deck “ tipo moderno”.

“ Es que a mi me gusta así como está!”,  insistía yo.

“Ah! Antiguo????, se sorprendía  el hombre ,  “ Ok,  antiguo entonces , ponemos todos herrajes nuevos y arañas con caireles…”

No llegó a terminar esa frase que la  tranquilidad volvió a mi cuerpo. Dejé al arquitecto hablando solo mientras cargaba la valija de los flashes por la escalera  y me sonreía en silencio.

Que ridícula la necesidad de modificar lo que es natural en  una relación, no? Toda una enseñanza.

Ahora vivo con mi novio en el 35m2. Nos ayudamos a cargar las bolsas del supermercado  (haciéndonos adeptos a la filosofía del “un solo viaje”)   mientras yo  pienso  en retomar las clases de yoga para calmar el dolor de lumbares.

Photos by Ines Tanoira (Bambalinas)

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